Arabako Txakolina El vino atlántico que renació en el corazón verde de Álava

Arabako Txakolina El vino atlántico que renació en el corazón verde de Álava - Bergonda Gourmet

Arabako Txakolina: más de mil años de historia en el valle de Ayala

La historia del Txakoli de Álava no comenzó con una marca, una bodega moderna ni una denominación de origen. Comenzó mucho antes, en las pequeñas viñas que formaban parte de la economía cotidiana del valle de Ayala. A lo largo de más de mil años, aquel vino campesino conoció épocas de expansión, estuvo al borde de desaparecer y logró regresar convertido en uno de los símbolos más singulares del norte de Álava.

Esta es la historia de Arabako Txakolina: un vino que sobrevivió porque unas pocas familias se negaron a dejarlo morir.

Siglo IX: las primeras huellas de la vid

Los orígenes documentados de la viticultura en Aiaraldea se remontan a la Alta Edad Media. Según la recopilación histórica del Consejo Regulador, el cartulario de Valpuesta contiene una referencia del año 864 a viñas en Retes de Tudela, hoy perteneciente a Artziniega, durante el reinado de Ordoño I. Un siglo después, en 964, el cartulario de San Millán de la Cogolla documenta el cultivo de vides en Tierra de Ayala y una donación de viñedos al desaparecido monasterio de San Víctor, en el barrio de Gardea de Llodio.

Estos testimonios hablan de viñas y de vino, aunque sería impreciso suponer que aquel vino medieval era idéntico al txakoli actual. Las variedades, los métodos de cultivo, la conservación y hasta los gustos eran distintos. Su importancia está en demostrar que la vid formaba parte del paisaje y de la economía local hace más de mil años.

En una comarca húmeda, situada entre la meseta alavesa y la vertiente cantábrica, cultivar viña nunca fue una tarea sencilla. Precisamente por eso su continuidad histórica resulta tan significativa: generaciones de agricultores aprendieron a escoger laderas, orientar las cepas y trabajar con un clima atlántico que aporta frescura, pero también lluvia, humedad y riesgo de enfermedades.

Edad Media y Moderna: un vino protegido por la comunidad

Entre los siglos XIII y XV el viñedo se extendió por toda la comarca de Ayala. El vino no era un producto anecdótico, sino una parte de la agricultura y del abastecimiento de las poblaciones. Las ordenanzas locales aplicaban medidas proteccionistas: restringían la entrada de vino foráneo hasta que se hubiera consumido la producción propia.

Aquellas normas cumplían una doble función. Defendían los ingresos de los productores y aseguraban una salida comercial a un vino difícil de transportar y conservar. Antes de la enología moderna, beber vino local no era solo una preferencia cultural; respondía también a las limitaciones técnicas y económicas del momento.

En el archivo municipal de Arespalditza figura una mención a la palabra “chacolín” fechada el 1 de noviembre de 1623. Es la primera aparición localizada por los investigadores de ese término en archivos municipales del País Vasco. El dato no resuelve por sí solo la discutida etimología de la palabra txakoli, pero confirma que ya en el siglo XVII existía una denominación reconocible para este vino.

Siglos XVIII y XIX: prestigio y máxima expansión

Las referencias se vuelven más descriptivas a partir del siglo XVIII. El naturalista e ingeniero irlandés William Bowles habló en 1775 de los viñedos y del txakoli del valle de Ayala. En 1798, el historiador alavés Joaquín José de Landázuri describió el de Artziniega como un vino de muy buena calidad.

Durante el siglo XIX el txakoli de la comarca alcanzó reconocimiento fuera de su entorno inmediato. El periodista y viajero Joan Mañé i Flaquer escribió en 1879 que el chacolí producido en Llodio era muy estimado. Incluso Benito Pérez Galdós hizo referencia al txakoli de Amurrio en 1889, en la novela Vergara de sus Episodios nacionales.

Más allá de las menciones literarias, hay un dato que permite entender su peso real: en 1877 el viñedo de Ayala llegó aproximadamente a 550 hectáreas. Para comparar, la superficie actual de la denominación se aproxima a cien hectáreas. En aquel momento la viña era un componente visible del paisaje y un recurso económico de primer orden.

No debemos imaginar, sin embargo, una producción uniforme. Cada caserío trabajaba con sus propias variedades, utensilios y conocimientos. El vino podía variar mucho de una casa a otra y de una cosecha a la siguiente. Era, ante todo, un vino local: ligado al autoconsumo, a las tabernas y a circuitos comerciales cercanos.

El gran retroceso: enfermedades, industria y cambio social

El apogeo terminó bruscamente entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. El viñedo sufrió sucesivos ataques de oídio, filoxera y mildiu. La filoxera, detectada en la zona en torno a 1919 según la cronología del Consejo, dañó unas plantaciones que ya arrastraban otros problemas sanitarios.

Las enfermedades no explican por sí solas la desaparición. Aiaraldea se estaba transformando. La industrialización ofrecía nuevas formas de empleo; la ganadería ganó terreno; cambiaron los hábitos de consumo y resultaba cada vez más difícil competir con vinos de otras regiones, más homogéneos y fáciles de transportar. Mantener viñas en un clima húmedo requería mucho trabajo para una rentabilidad incierta.

El descenso fue extraordinario: de las aproximadamente 550 hectáreas de 1877 se pasó a unas 93 hectáreas en el primer cuarto del siglo XX. Después, el cultivo continuó retrocediendo durante décadas. El viñedo dejó de definir el paisaje y el txakoli perdió relevancia económica.

La supervivencia doméstica: el hilo que no se rompió

Aunque el sector prácticamente desapareció, la tradición nunca se extinguió por completo. Un pequeño grupo de elaboradores continuó cultivando viña y haciendo txakoli, más por apego a una costumbre heredada que por rentabilidad.

El Consejo Regulador recuerda, entre otros, a Celedonio Campo, de Kostera en Aiara; Matías Camino, de Llodio; y a Txomin Solaun, Eugenio Álava y Ramón Martínez, de Amurrio. Sus producciones eran reducidas y dispersas, y no existía un criterio común de elaboración. Algunas plantaciones tampoco utilizaban las variedades más adecuadas. Pero conservaron algo decisivo: conocimientos, material vegetal y memoria.

En 1988 quedaban menos de cinco hectáreas. En términos económicos, el txakoli alavés era casi residual. En términos culturales, seguía vivo. Esa diferencia hizo posible todo lo que vino después.

1988: comienza la recuperación organizada

En junio de 1988 nació la Asociación Alavesa de Productores Artesanos de Txakoli–Arabako Txakolina Elkartea. Sus impulsores querían devolver al viñedo el papel que había tenido en Ayala y se marcaron tres objetivos: aumentar la superficie plantada, unificar los criterios de producción y elaboración y conseguir un producto natural de calidad.

El proyecto implicaba mucho más que plantar cepas. Había que seleccionar variedades adaptadas, profesionalizar el trabajo en bodega, establecer controles y convencer a agricultores e instituciones de que la recuperación tenía futuro. En 1989, la asociación y la Diputación Foral de Álava firmaron su primer convenio de colaboración.

Durante los diez años siguientes se reconstruyó el sector prácticamente desde cero. La Hondarribi Zuri se consolidó como la principal variedad blanca, acompañada por Hondarribi Beltza y Hondarribi Zuri Zerratia o Petit Courbu. Se modernizaron las bodegas y el acero inoxidable, el control de temperatura y una mayor higiene permitieron obtener vinos más limpios, estables y reconocibles.

Fue un cambio profundo: de producciones domésticas heterogéneas se avanzó hacia una identidad común, sin romper el vínculo con el territorio.

1998–2002: del Vino de la Tierra a la Denominación de Origen

En 1998 se presentó el Txakoli de Álava acogido provisionalmente a la figura de “Vino de la Tierra”. Era el reconocimiento de que la recuperación ya había alcanzado suficiente coherencia, aunque todavía faltaba la protección definitiva.

La Denominación de Origen Arabako Txakolina / Txakoli de Álava / Chacolí de Álava fue reconocida por el Gobierno Vasco mediante la Orden de 2 de abril de 2001. En agosto de 2002 llegó la ratificación de la Administración del Estado. La zona quedó vinculada a cinco municipios: Amurrio, Artziniega, Ayala/Aiara, Laudio/Llodio y Okondo.

La denominación convirtió una historia compartida en un sistema verificable. Desde entonces, el origen de la uva, las parcelas, las bodegas, los rendimientos, la elaboración, el etiquetado y la salida al mercado se someten a reglas y controles comunes. La contraetiqueta numerada no es un simple elemento gráfico: garantiza la trazabilidad de una botella amparada.

Del cambio de siglo a hoy: crecer, diversificarse y mirar fuera

La creación de la DOP no fue el final de la recuperación, sino el comienzo de una nueva etapa. La superficie volvió a crecer hasta aproximarse a las 100 hectáreas. Las bodegas desarrollaron un perfil más profesional y el txakoli alavés empezó a llegar a mercados nacionales e internacionales.

El blanco joven sigue siendo su expresión más conocida: fresco, de color pálido, con aromas de manzana verde, cítricos, fruta y hierbas, acidez viva y ocasional presencia de un carbónico natural muy ligero. Pero el sector ha evolucionado. Hoy conviven blancos, rosados y tintos, además de proyectos espumosos, vendimias tardías y vinos con trabajo sobre lías o crianza.

Esa diversificación refleja un cambio de mirada. Durante años, fuera de Euskadi el txakoli se redujo a la imagen de un vino muy ácido, joven y escanciado desde gran altura. Las elaboraciones actuales muestran que las uvas de Aiaraldea también pueden aportar textura, complejidad y capacidad de evolución.

En 2025 se impulsó una modificación del pliego de condiciones para ampliar las posibilidades productivas y definir nuevos estilos, incluida la mención Berezia. La propuesta recibió decisiones favorables en el ámbito español. No obstante, en septiembre de 2026 el propio Consejo Regulador aún la identifica en su web como modificación “en fase de tramitación”, por lo que sus novedades deben comunicarse con prudencia hasta completar su recorrido normativo.

Arabako Txakolina en 2026: una denominación pequeña con proyección

Los últimos datos oficiales permiten medir cuánto ha cambiado el sector desde aquellas menos de cinco hectáreas de 1988. En junio de 2026, el Gobierno Vasco contabilizaba una superficie próxima a 100 hectáreas, 38 productores de uva y siete bodegas elaboradoras.

La vendimia de 2025 alcanzó 441.696 kilos de uva, un 22 % más que la campaña anterior. Se calificaron 281.620 litros de txakoli, equivalentes a unas 376.600 botellas, y la cosecha recibió la valoración de “muy buena”. Alrededor del 30 % de la producción se destinó a mercados exteriores como Estados Unidos, Finlandia, México, Japón, Canadá, Reino Unido o Alemania.

Las cifras continúan siendo pequeñas frente a otras regiones vinícolas. Precisamente ahí reside parte de su valor: Arabako Txakolina es una denominación de escala humana, concentrada en un territorio muy concreto y estrechamente vinculada a quienes cultivan y elaboran.

Una historia de ida y vuelta

La evolución del txakoli alavés puede leerse como un viaje completo. Nació como vino de una comunidad rural; creció protegido por sus ordenanzas; alcanzó cientos de hectáreas; fue arrasado por enfermedades y cambios sociales; sobrevivió en unas pocas casas y renació como denominación de origen.

Hoy afronta retos nuevos. El cambio climático altera la maduración y obliga a adaptar el viñedo. La presión de las enfermedades sigue siendo importante en un entorno húmedo. Al mismo tiempo, el interés por las variedades locales, los vinos atlánticos y los productos con historia ofrece una oportunidad que los fundadores de 1988 apenas podían imaginar.

Cada botella de Arabako Txakolina contiene, por tanto, algo más que vino. Contiene la memoria de un paisaje recuperado y la prueba de que una tradición puede modernizarse sin dejar de ser reconocible.

Descubrir la historia a través de la copa

En Bergonda Gourmet seleccionamos distintas expresiones del Txakoli de Álava para mostrar esa evolución: desde blancos frescos y directos hasta rosados, tintos y espumosos. Probarlos en paralelo permite comprender que la historia de Arabako Txakolina no está detenida en el pasado; continúa escribiéndose en cada viñedo y en cada nueva cosecha.

Descubre nuestra selección de Arabako Txakolina y brinda por una historia alavesa que estuvo a punto de desaparecer.


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